Me prometí a mí mismo (y a mi dueño) que esto iba a tener continuidad, pero es que llegó la primavera, la de verdad, y no apetece escribir. Solamente salir a la calle, al parque, al campo, jugar con los amiguetes y todas esas cosas que a mí se me dan tan bien. Además, él está imposible. Cada vez que se para a ver la caja esa que tiene cosas que se mueven y hace ruido (y habla), se agarra un rebote de mucho cuidado. Que si Troitiño, que si Rubalcaba, que si Rajoy, que si las elecciones... La verdad es que no sé por qué se complican la vida estos humanos. Con lo fácil que es la vida perruna... Si alguien te cae bien, meneas el rabo, te acercas, le saludas, le olisqueas para saber si es amigo, enemigo, interesante o muermo. Si es amigo, ¡a jugar!; si interesante, ¡a jugar!; si muermo, ¡a jugar!. Pero si es enemigo, la cuestión se complica un poco, pues tienes que convencerle de que lo mejor es... ¡ponerse a jugar!
Y si todo esto falla, te das la vuelta, y a otra cosa. Y si se pone tonto, un par de ladridos, y a otra cosa. ¿Y si se pone muy tonto, preguntaréis? De eso hablamos otro día, que ahora me tengo que ir a jugar.
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